Francisco Javier Gil Rodríguez
El panorama artístico del siglo XX en Canarias no se puede entender sin la figura de Plácido Fleitas Hernández (Telde, 1915 - Las Palmas de Gran Canaria, 1972). Considerado uno de los escultores más influyentes de su generación, Fleitas consiguió algo al alcance de muy pocos: iniciar su carrera capturando la identidad más pura y terrenal de su pueblo a través del indigenismo, para luego evolucionar hacia una abstracción orgánica de vanguardia, sin perder jamás el cordón umbilical con su tierra y sus materiales nativos. Creador que transformó la piedra, la madera y el bronce en poesía viva.
Plácido Fleitas nació en Telde (Gran Canaria, Canarias) en 1915. Su inclinación natural hacia el modelado y la talla encontró su catalizador definitivo en la Escuela Luján Pérez, una institución que en las primeras décadas del siglo XX revolucionó el arte en el archipiélago. Bajo la guía de figuras como Domingo Doramas y rodeado de personajes de la talla de Felo Monzón o Santiago Santana, Fleitas se empapó de una filosofía artística muy clara: romper con el academicismo rancio e importado del continente europeo para buscar una estética propia, nacida de la realidad canaria, la luz atlántica, la herencia africana y la fisonomía de su gente.
Durante los años 30 y 40, del siglo pasado, Fleitas se consolidó como uno de los máximos exponentes del indigenismo canario. A diferencia de los artistas románticos que pintaban o esculpían una Canarias idílica, costumbrista y folclórica, el movimiento indigenista buscaba la verdad desnuda del paisaje humano y la geografía de las islas.
Protagonismo de la mujer: Sus famosas cabezas de muchachas o mujeres del sur no buscaban la belleza canónica occidental. Fleitas esculpía rostros de facciones rotundas, pómulos marcados y miradas profundas que reflejaban la fortaleza física, la dignidad y el estoicismo ante las dificultades de las mujeres canarias.
Sus ideas sobre la realidad canaria las plasmaba de la siguiente forma:
La dureza del trabajo: Obras icónicas como Pescadora ponían el foco en el esfuerzo diario, las manos curtidas y la estrecha relación del isleño con sus oficios tradicionales y el mar ancestral.
Firmeza geométrica: Sus figuras eran compactas, macizas y rotundas, como si emergieran directamente de la misma roca volcánica que pisaban.
Conversación con el material: Fleitas empezó a experimentar con los materiales autóctonos del archipiélago. La rugosidad de la piedra volcánica, la densidad de la madera de tea del pino canario o las sinuosidades del bronce se convertían en los verdaderos protagonistas de la obra. Su intervención consistía en 'liberar' la forma que ya habitaba latente dentro de la materia.
Plácido Fleitas no fue solo un artesano virtuoso de la piedra; fue un pensador visual de primer orden. Su genialidad radicó en saber mirar hacia dentro (hacia el campesino, la tierra, el mar y la identidad de sus islas) para luego mirar hacia fuera (hacia la vanguardia internacional y la abstracción mundial). Sus esculturas siguen transmitiendo la misma fuerza telúrica de nuestras montañas: nos recuerdan de dónde venimos, de qué estamos hechos y hasta dónde puede llegar la forma cuando se esculpe con el alma y las entrañas de un territorio.
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